Es verdad lo que el propio Zapatero dice de sí mismo, que no improvisa, que se limita a adaptarse a las nuevas circunstancias. Eso es un contrasentido en sí mismo, y por eso, precisamente define tan bien a quien tenemos como presidente del Gobierno.
Las decisiones que adopta ante los acontecimientos devenidos por la crisis económica, él se limita a ir dando respuestas puntuales, es decir, a ir apagando fuegos mientras rebrotan otros, o dicho de otro modo, a intentar achicar con un cubo el agua que hunde un transatlántico.
Es por eso que negó la crisis hasta que no hubo ni un solo medio de comunicación lo negaba, y sólo lo admitió cuando lo comenzaron a reconocer dirigentes de su partido... pero a él se le notaba en la cara que no se lo creía... sencillamente no entendía los números.
Que sube el número de parados... no hay problema, hay dinero para pagarles... que se les acaba el subsidio... no hay problema, le damos unos meses más...
Y así así llegamos a la situación actual, en la que hay que meter la tijera. El problema no sólo es que lo hace tarde, cuando ya la cosa está muy mal, es que además, insiste en su desconocimiento de los números y hace lo que cualquier indocumentado en materia económica haría.
De esta forma, lo único que se le ocurre es recortar de aquello que depende directamente de su firma: bajarle el sueldo a los funcionarios, congelar las pensiones, congelar la aplicación de la Ley de Dependencia... y ahora, impedir que los ayuntamientos sigan endeudándose.
Pero está claro que Zapatero sigue sin creerse la crisis. Esto son sólo remiendos, ya que lo importante es saber cómo va a crear empleo, cómo va a reactivar la economía.
Para el presidente la solución sería meternos a todos a trabajar para el Estado.
Mientras, pues nada, a seguir gastando dinero en subvenciones absolutamente prescindibles.